domingo, 26 de diciembre de 2010

Poner a cero el contador emocional

Hay momentos en que los almanaques nos dan una oportunidad. Una oportunidad para pasar la página. Una oportunidad para empezar desde el cero. Una oportunidad, aunque sepamos que se trata sólo de un día más. Una oportunidad, aunque sólo hayan transcurrido unas horas. Pero una oportunidad.

Y yo quiero aprovecharla para poner a cero el contador emocional. ¿Que cómo se hace? ¿Es algo así como un gran frenada? Puede ser, pero tiene que ver más con levantar el pie del acelerador, con dejar de sentir la velocidad de las emociones por las demás para simplemente sentirme. Sin distancias que recorrer al encuentro de las nadies que ensanchan cada vez más mi geografía afectiva.

No, no es ningún anhelo de soledad, sino de 'conmigo-misma'.

Aguardaré al momento justo en que añadiremos una cifra nueva al transcurrir inconmensurable del tiempo. Caminaré hasta la orilla, me tumbaré mirando bien arriba, dirigiré mi mirada hacia la estrella o la nube más alta, respiraré profundamente y gritaré muy fuerte, como si quisiera empujar con mi voz todas esas cosas que me observan a vista de pájaro.

A medida que grite, irá descendiendo mi contador de emociones, hasta alcanzar el cero y volver a ser de nuevo liviana, sin cargas que no me dejen respirar y tomar todo el aire fresco que quiera.

Sólo así podré estar contigo sin que sea una fórmula para no estar conmigo misma. Y volveremos a caminar juntas, ya no me quedaré atrás, y llegaremos al mismo tiempo para empezar desde el cero.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Extrañas íntimas

Hay que tener mucha soledad y gustarse mucho para preguntar eso a las pocas horas de conocernos. Sí. Claro. Por supuesto. Claro que es posible. Bueno, no todas piensan igual. Ya, pero claro que es posible. La verdad es que eres la primera a la que se lo pregunto. ¿Y tú? ¿Te enamorarías de una persona independientemente de su sexo? No sé. Puede ser. No digo que no. Si te gusta alguien, pues te gusta, te gusta la persona y no que sea hombre o mujer.

Nos encontramos al fondo de ese verano, apostando a jugar, jugar mucho, al máximo, sin protecciones, sin medidas de seguridad, a pecho descubierto. Para cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos pensando que si dobláramos el mapa por la mitad nuestros lugares se besarían.

Y también hay que estar muertas de miedo, aterradas hasta el grito. De ahí los juegos de manos que no consiguieron calmarnos.

Nos escribiríamos, y no. Nos llamaríamos, y no. Pero llegó el siguiente verano, y sí. No doblamos el mapa pero nos visitamos. ¡Qué cara se le quedó al ver los palacios de las exiliadas! ¡Y a mí con el idioma y la piedra por las asesinadas!

El sabor de su piel, el tacto de su lengua en la mía. Y la música. Y el baile. Y esa forma rebelde de reírnos.

Los juegos de manos continuaron, y le siguieron las palabras, los por-qué-no... Y las palabras no nos echaron una mano...

En la manera que tenía de quedarse con los ojos muy abiertos, como queriendo que se le saliesen para poder mirarse... También ella, también yo... Había aceras llenas de hojas de otoño.

También nosotras fuimos hojas extrañas íntimas de árboles tan distintos pero con una soledad tan igual... La misma.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Entre su meditación y mi oración

Era como agarrar al vuelo el sentido de vivir, atrapando el poder de volver. No en el sentido de Nietzsche, de retorno, sino de rueda, de circularidad, de balanza entre lo dado y lo recibido en vida. No es para ponerlo en palabras.

A ella le debo el acercarme, de alguna manera, a la meditación. Por entonces profesábamos distintos credos. Pero aquella conversación nos sirvió de puente entre su meditación y mi oración.

Entendí que no es tanto dejar la mente en blanco como visualizarte y proyectar tu pensamiento, enfocarlo a conseguir un objetivo sobre ti misma. Ese pensamiento se ordena a través de la repetición mental de un enunciado afirmativo. Es algo que tú haces para ti, y cuya eficacia depende sólo de ti. Te conviertes en paisaje de ti misma y, como frente a una ventana, tu pensamiento se expande, te arropa y te convences de que es posible si tú crees firmemente que sí es posible. La angustia, la desesperación, el desconsuelo que me empujaban a pedir la intervención de lo alto, ahora eran simples tachones en un cuaderno que yo, y sólo yo, podía borrar con la goma de mi voluntad.

Y entonces no hay culpa y, por tanto, tampoco hay sentimiento religioso. La conciencia vuelve a ocupar el lugar del yo que antes ocuparon los dogmas. Y lo cruel se vuelve dulce, desaparecen las sentencias y su juez.

La conversación fue accidental, creo que surgió por algún comentario acerca de la religiosidad presente en una representación de teatro que estábamos preparando. Tal vez le dije que había probado a meditar algo, y que ya no me parecía tan absurdo, que algún sentido sí que tenía. Pero no pude decirle cómo me ayudó a abrir la puerta a la conciencia.

Si sigues ahí, meditando, curándote, equilibrándote... dame una señal para, mientras medito, decirte gracias sólo con pensarte.