sábado, 20 de noviembre de 2010

Entre su meditación y mi oración

Era como agarrar al vuelo el sentido de vivir, atrapando el poder de volver. No en el sentido de Nietzsche, de retorno, sino de rueda, de circularidad, de balanza entre lo dado y lo recibido en vida. No es para ponerlo en palabras.

A ella le debo el acercarme, de alguna manera, a la meditación. Por entonces profesábamos distintos credos. Pero aquella conversación nos sirvió de puente entre su meditación y mi oración.

Entendí que no es tanto dejar la mente en blanco como visualizarte y proyectar tu pensamiento, enfocarlo a conseguir un objetivo sobre ti misma. Ese pensamiento se ordena a través de la repetición mental de un enunciado afirmativo. Es algo que tú haces para ti, y cuya eficacia depende sólo de ti. Te conviertes en paisaje de ti misma y, como frente a una ventana, tu pensamiento se expande, te arropa y te convences de que es posible si tú crees firmemente que sí es posible. La angustia, la desesperación, el desconsuelo que me empujaban a pedir la intervención de lo alto, ahora eran simples tachones en un cuaderno que yo, y sólo yo, podía borrar con la goma de mi voluntad.

Y entonces no hay culpa y, por tanto, tampoco hay sentimiento religioso. La conciencia vuelve a ocupar el lugar del yo que antes ocuparon los dogmas. Y lo cruel se vuelve dulce, desaparecen las sentencias y su juez.

La conversación fue accidental, creo que surgió por algún comentario acerca de la religiosidad presente en una representación de teatro que estábamos preparando. Tal vez le dije que había probado a meditar algo, y que ya no me parecía tan absurdo, que algún sentido sí que tenía. Pero no pude decirle cómo me ayudó a abrir la puerta a la conciencia.

Si sigues ahí, meditando, curándote, equilibrándote... dame una señal para, mientras medito, decirte gracias sólo con pensarte.

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