A ella le debo el acercarme, de alguna manera, a la meditación. Por entonces profesábamos distintos credos. Pero aquella conversación nos sirvió de puente entre su meditación y mi oración.
Entendí que no es tanto dejar la mente en blanco como visualizarte y proyectar tu pensamiento, enfocarlo a conseguir un objetivo sobre ti misma. Ese pensamiento se ordena a través de la repetición mental de un enunciado afirmativo. Es algo que tú haces para ti, y cuya eficacia depende sólo de ti. Te conviertes en paisaje de ti misma y, como frente a una ventana, tu pensamiento se expande, te arropa y te convences de que es posible si tú crees firmemente que sí es posible. La angustia, la desesperación, el desconsuelo que me empujaban a pedir la intervención de lo alto, ahora eran simples tachones en un cuaderno que yo, y sólo yo, podía borrar con la goma de mi voluntad.
Y entonces no hay culpa y, por tanto, tampoco hay sentimiento religioso. La conciencia vuelve a ocupar el lugar del yo que antes ocuparon los dogmas. Y lo cruel se vuelve dulce, desaparecen las sentencias y su juez.
La conversación fue accidental, creo que surgió por algún comentario acerca de la religiosidad presente en una representación de teatro que estábamos preparando. Tal vez le dije que había probado a meditar algo, y que ya no me parecía tan absurdo, que algún sentido sí que tenía. Pero no pude decirle cómo me ayudó a abrir la puerta a la conciencia.
Si sigues ahí, meditando, curándote, equilibrándote... dame una señal para, mientras medito, decirte gracias sólo con pensarte.
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