Lo anoto casi todo, pero no el frío de aquella mañana, cuando a la hora del desayuno sólo hubo desayuno. No tus ojos, no tu voz, no tú. Y aun así desayuné. Seguía viva ya avanzado el día. Y ahora, después de todo este tiempo, me sigo enamorando de un instante, de un gesto, de tantas cosas que, por fortuna, no se parecen a ti. Sonrío mientras imagino si este cuerpo que pasó junto al mío y que me miró, se quedó, como yo, con ganas de una mirada más prolongada. Y en mi mente invento el tono de su voz, sus ocupaciones, sus sueños de llegar a ser...
Una vez nos hacen daño, la herida que se queda con nosotras, es una invitación a mirarnos, por dentro, a limpiar de arena tanta superficie inútil y continuar más adentro aún, hasta donde nace el agua que, en mayor parte, somos. No me refiero al cuerpo, a la sangre, al corazón. Hablo de un lugar que no está en ningún lugar, que se construye a golpes de desengaño, que se mueve con nosotras. Es como ese mechón de pelo rebelde y coqueto que nos hace acariciarlo con nuestros dedos, obligándole a ordenarse con nuestro peinado. Pero no, no admite más orden que el desastre que sentimos por dentro. Y no va a parar hasta que nos paremos, nos contemplemos como en un espejo y admitamos que va siendo hora de cambiar de peinado.
Sin recetas mágicas, pero con la magia de las palabras, intentaré administrar los bienes que dejé un día en la cuenta del olvido, con el único deseo de encontrarme, recodificarme y volver a sentir que camino sin ser arrastrada.
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