sábado, 27 de noviembre de 2010

Extrañas íntimas

Hay que tener mucha soledad y gustarse mucho para preguntar eso a las pocas horas de conocernos. Sí. Claro. Por supuesto. Claro que es posible. Bueno, no todas piensan igual. Ya, pero claro que es posible. La verdad es que eres la primera a la que se lo pregunto. ¿Y tú? ¿Te enamorarías de una persona independientemente de su sexo? No sé. Puede ser. No digo que no. Si te gusta alguien, pues te gusta, te gusta la persona y no que sea hombre o mujer.

Nos encontramos al fondo de ese verano, apostando a jugar, jugar mucho, al máximo, sin protecciones, sin medidas de seguridad, a pecho descubierto. Para cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos pensando que si dobláramos el mapa por la mitad nuestros lugares se besarían.

Y también hay que estar muertas de miedo, aterradas hasta el grito. De ahí los juegos de manos que no consiguieron calmarnos.

Nos escribiríamos, y no. Nos llamaríamos, y no. Pero llegó el siguiente verano, y sí. No doblamos el mapa pero nos visitamos. ¡Qué cara se le quedó al ver los palacios de las exiliadas! ¡Y a mí con el idioma y la piedra por las asesinadas!

El sabor de su piel, el tacto de su lengua en la mía. Y la música. Y el baile. Y esa forma rebelde de reírnos.

Los juegos de manos continuaron, y le siguieron las palabras, los por-qué-no... Y las palabras no nos echaron una mano...

En la manera que tenía de quedarse con los ojos muy abiertos, como queriendo que se le saliesen para poder mirarse... También ella, también yo... Había aceras llenas de hojas de otoño.

También nosotras fuimos hojas extrañas íntimas de árboles tan distintos pero con una soledad tan igual... La misma.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Entre su meditación y mi oración

Era como agarrar al vuelo el sentido de vivir, atrapando el poder de volver. No en el sentido de Nietzsche, de retorno, sino de rueda, de circularidad, de balanza entre lo dado y lo recibido en vida. No es para ponerlo en palabras.

A ella le debo el acercarme, de alguna manera, a la meditación. Por entonces profesábamos distintos credos. Pero aquella conversación nos sirvió de puente entre su meditación y mi oración.

Entendí que no es tanto dejar la mente en blanco como visualizarte y proyectar tu pensamiento, enfocarlo a conseguir un objetivo sobre ti misma. Ese pensamiento se ordena a través de la repetición mental de un enunciado afirmativo. Es algo que tú haces para ti, y cuya eficacia depende sólo de ti. Te conviertes en paisaje de ti misma y, como frente a una ventana, tu pensamiento se expande, te arropa y te convences de que es posible si tú crees firmemente que sí es posible. La angustia, la desesperación, el desconsuelo que me empujaban a pedir la intervención de lo alto, ahora eran simples tachones en un cuaderno que yo, y sólo yo, podía borrar con la goma de mi voluntad.

Y entonces no hay culpa y, por tanto, tampoco hay sentimiento religioso. La conciencia vuelve a ocupar el lugar del yo que antes ocuparon los dogmas. Y lo cruel se vuelve dulce, desaparecen las sentencias y su juez.

La conversación fue accidental, creo que surgió por algún comentario acerca de la religiosidad presente en una representación de teatro que estábamos preparando. Tal vez le dije que había probado a meditar algo, y que ya no me parecía tan absurdo, que algún sentido sí que tenía. Pero no pude decirle cómo me ayudó a abrir la puerta a la conciencia.

Si sigues ahí, meditando, curándote, equilibrándote... dame una señal para, mientras medito, decirte gracias sólo con pensarte.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Vivir de a dos

Me gustaría haberle dicho que se le pasará rápido, que mañana, al despertar, todo habrá sido un sueño. Pero nunca supe mentir y ya es tarde para aprender nada. Por eso le dije que lo fundamental era evitar el mayor daño posible, que ya que se tiene que acabar, que no acaben mal del todo. Yo estuve en un tiempo igual o peor que ella, aunque sin llegar a estar casada, pero habiendo realizado la misma apuesta, entrando en el mismo juego: pensar que es posible vivir de a dos. A medida que se tocan, ese de a dos se va haciendo cada vez más un contra dos, un 'cada vez más tú, cada vez más yo, sin rastro de nosotras'. Lo malo es que el nosotras casi siempre deja rastro: hipotecas, regalos, rutinas, acentos contagiados, ciudades compartidas... y esa mala costumbre de estremecerse a esa misma hora en que ella volvía a casa. Y se estremece ahora, ahora que ya nadie la espera para cenar.

Me llegó su frío por su voz a través del telefóno. Un frío casi como el mío, pero más fresco, más recién congelado. El mío ya alcanzó la categoría de nieve perpetua.

La he visto y me he visto con uniforme en esos pupitres, con ese aroma a tabaco mezclado con chicle de menta. El pelo muy negro, los ojos muy negros y alrededor una sonrisa como esperando la oportunidad de su vida. Le llegó con la persona equivocada, y hoy vuelve a sentir que se equivocó otra vez, aunque el error es de la otra. No sé, apenas pude ser oreja, apenas boca. No podía decirle que si la comprendía era porque yo también sentí una vez esa sensación de haberme equivocado de vida.

Es lo que tiene la vida, que nos la encontramos de repente sin un plan establecido. No lo estaba el pasarnos aquel curso entre confidencias y alguna lágrima mal disimulada. No lo estaba tampoco los años de silencio desde aquel verano. No lo estaba, para nada, tropezarnos por la calle y anunciarme, casi con serpentinas y confeti, su cercano enlace matrimonial y su cambio de ciudad.

Ahora creo que está, como yo estuve, y sin saberlo, en proceso de mudanza; no de muebles ni de casas, sino de cosmovisión. Ha descubierto su mundo derrumbado como un caos de piezas de un juego de construcción. Las piezas ya no le sirven, y le parece imposible intentarlo de nuevo, volver a jugar.

Pero pasará el tiempo y, mudada, como yo, volverá a jugar, y le saldrá bien o, al menos, conservará en equilibrio las piezas de su mundo extraño y frágil.

jueves, 18 de noviembre de 2010

En la cuenta del olvido

Lo anoto casi todo, pero no el frío de aquella mañana, cuando a la hora del desayuno sólo hubo desayuno. No tus ojos, no tu voz, no tú. Y aun así desayuné. Seguía viva ya avanzado el día. Y ahora, después de todo este tiempo, me sigo enamorando de un instante, de un gesto, de tantas cosas que, por fortuna, no se parecen a ti. Sonrío mientras imagino si este cuerpo que pasó junto al mío y que me miró, se quedó, como yo, con ganas de una mirada más prolongada. Y en mi mente invento el tono de su voz, sus ocupaciones, sus sueños de llegar a ser...

Una vez nos hacen daño, la herida que se queda con nosotras, es una invitación a mirarnos, por dentro, a limpiar de arena tanta superficie inútil y continuar más adentro aún, hasta donde nace el agua que, en mayor parte, somos. No me refiero al cuerpo, a la sangre, al corazón. Hablo de un lugar que no está en ningún lugar, que se construye a golpes de desengaño, que se mueve con nosotras. Es como ese mechón de pelo rebelde y coqueto que nos hace acariciarlo con nuestros dedos, obligándole a ordenarse con nuestro peinado. Pero no, no admite más orden que el desastre que sentimos por dentro. Y no va a parar hasta que nos paremos, nos contemplemos como en un espejo y admitamos que va siendo hora de cambiar de peinado.

Sin recetas mágicas, pero con la magia de las palabras, intentaré administrar los bienes que dejé un día en la cuenta del olvido, con el único deseo de encontrarme, recodificarme y volver a sentir que camino sin ser arrastrada.