Nos encontramos al fondo de ese verano, apostando a jugar, jugar mucho, al máximo, sin protecciones, sin medidas de seguridad, a pecho descubierto. Para cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos pensando que si dobláramos el mapa por la mitad nuestros lugares se besarían.
Y también hay que estar muertas de miedo, aterradas hasta el grito. De ahí los juegos de manos que no consiguieron calmarnos.
Nos escribiríamos, y no. Nos llamaríamos, y no. Pero llegó el siguiente verano, y sí. No doblamos el mapa pero nos visitamos. ¡Qué cara se le quedó al ver los palacios de las exiliadas! ¡Y a mí con el idioma y la piedra por las asesinadas!
El sabor de su piel, el tacto de su lengua en la mía. Y la música. Y el baile. Y esa forma rebelde de reírnos.
Los juegos de manos continuaron, y le siguieron las palabras, los por-qué-no... Y las palabras no nos echaron una mano...
En la manera que tenía de quedarse con los ojos muy abiertos, como queriendo que se le saliesen para poder mirarse... También ella, también yo... Había aceras llenas de hojas de otoño.
También nosotras fuimos hojas extrañas íntimas de árboles tan distintos pero con una soledad tan igual... La misma.
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