Me llegó su frío por su voz a través del telefóno. Un frío casi como el mío, pero más fresco, más recién congelado. El mío ya alcanzó la categoría de nieve perpetua.
La he visto y me he visto con uniforme en esos pupitres, con ese aroma a tabaco mezclado con chicle de menta. El pelo muy negro, los ojos muy negros y alrededor una sonrisa como esperando la oportunidad de su vida. Le llegó con la persona equivocada, y hoy vuelve a sentir que se equivocó otra vez, aunque el error es de la otra. No sé, apenas pude ser oreja, apenas boca. No podía decirle que si la comprendía era porque yo también sentí una vez esa sensación de haberme equivocado de vida.
Es lo que tiene la vida, que nos la encontramos de repente sin un plan establecido. No lo estaba el pasarnos aquel curso entre confidencias y alguna lágrima mal disimulada. No lo estaba tampoco los años de silencio desde aquel verano. No lo estaba, para nada, tropezarnos por la calle y anunciarme, casi con serpentinas y confeti, su cercano enlace matrimonial y su cambio de ciudad.
Ahora creo que está, como yo estuve, y sin saberlo, en proceso de mudanza; no de muebles ni de casas, sino de cosmovisión. Ha descubierto su mundo derrumbado como un caos de piezas de un juego de construcción. Las piezas ya no le sirven, y le parece imposible intentarlo de nuevo, volver a jugar.
Pero pasará el tiempo y, mudada, como yo, volverá a jugar, y le saldrá bien o, al menos, conservará en equilibrio las piezas de su mundo extraño y frágil.
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